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Un vaso de agua

Un vaso de agua

A veces es tan simple como eso. Un vaso de agua.

Se acercó a mi mesa. Con una sonrisa muy grande y con cierta mirada genuina de preocupación me lo acercó mientras me decía algo así como: «imagino que lo necesitarás». Hizo un gesto de aprobación cuando vio que se lo acepté con cara de buena y sin rechistar. Y se dio la vuelta a seguir con sus tareas.

Le di las gracias un montón de veces a continuación y también cuando le fui a pagar, pero es que creo que ni aun así puede alcanzar a entender cuánto bien me hizo su amabilidad.

El caso es que mantuve una hora de una conversación telefónica de trabajo complicada. Muy complicada. Con un esfuerzo intelectual y una concentración por conseguir encontrar las palabras precisas para explicar temas tremendamente delicados muy elevado.

A 800 km de mi casa, desde las 6.45 en pie  y con un viaje por delante en un bicho infernal de esos que vuelan (quién me conoce de cerca sabe bien lo poco que me gusta madrugar y los aviones), que me permitiría, con suerte, entrar por la puerta de mi casa bastante más tarde de las doce de la noche.  Cinco horas de una formación preciosa a mis espaldas que me inspiró y me reconectó con mi propósito de una forma increíble. La energía recargada pero las fuerzas por los suelos. Y las hormonas en su pleno apogeo mensual. No se pierden una fiesta…

Un vaso de agua

Pero el caso es que él apareció con un vaso de agua. Y una sonrisa. Y yo elegiría a este profesional para cualquier puesto que tenga que ver con atender (bien) al cliente. 

Y si le preguntamos a él nos dirá, seguro que: “no es para tanto”, “que eso lo haría cualquiera”, «que para eso le pagan» y todo tipo de argucias varias para disminuir su valía.

Eso no viene en ningún manual. Ni en su descripción de puestos. Ni él lo va a contar en ninguna entrevista. Pero lo van a contratar, una y mil veces, por esto. Y pasa demasiado desapercibido a ojos de quién lo atesora.

No había ningún jefe en la sala porque estábamos él, una pareja un poco más allá, el sonido lejano de los clientes que van y vienen de la recepción del hotel y yo.

Y sus ganas de hacer un poco más de lo que se espera de él. Y mi vida, en ese momento y gracias a su sonrisa y su vaso de agua, un poco mejor.

Nada más.

Y con un solo pequeño gesto, me puso delante de la cara el concepto de talento, de diferenciación, de aportación de valor, de humanización y de valores que tantas palabras me cuesta a mí explicar. Y hoy te lo quería traer a ti también. Por si te reconoces en algún pequeño gran gesto. Por si lo has visto en otros. Para que no se nos despisten. Para que les demos el enorme (y con la que nos viene encima aún más) valor que tienen.

En lo simple. En la amable. En lo humano. Ahí. Pa´cuando me «desnorte». Pa´cuando nos devore lo artificial de la inteligencia y se nos despiste la verdadera esencia del ser humano.

Para que no se me olvide fijarme en quién tiene el vaso vacío.


¿Me he aficionado a contarte las cosas así? Sí.