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¿Cómo lo conseguiste tú?

¿Cómo lo conseguiste tú?

Muchos de mis clientes con los que inicio procesos de desarrollo profesional, cuando cogen un poco de confianza (exactamente media hora después de empezar la primera sesión 😉 ) me lanzan la pregunta… ¿y tú cómo lo conseguiste?

Al principio me quedaba un poco desconcertada. Pues no sé, con esfuerzo. Con mucho esfuerzo era lo primero que me venía. Pero no es del todo cierto, todos tenemos una historia, un contexto, unas potencialidades, millones de pequeñas variables que confluyen y… me puse a pensar (y puedes adivinar que mi objetivo es que mientras lees los míos vayas dándole forma a los tuyos, claro…)

¿Y tú cómo lo conseguiste?

Porque quería.

Este punto es importante. Y se nos olvida. No puedes conseguir todo lo que quieras (lo sentimos Mr Wonderfules y defensores varios de la ley de la atracción, las visualizaciones y no sé qué de las manifestaciones). Pero para poder conseguir algo y estar dispuesto a hacer el esfuerzo que tienes que hacer para lograrlo, tienes que querer. Quererlo con toda tu alma. No un poco.

Porque lo necesitaba.

Mi decisión de dar el salto al emprendimiento llegó en un momento vital durísimo en el que el trabajo paso a un lugar remoto en mi escala de valores y en las que todas mis energías se pusieron a disposición del proyecto más personal que una mujer puede llevar a cabo.

Cada uno tiene el suyo, pero tienes que tener un momento de incomodidad, de malestar o, por desgracia, de ruptura. Busca el tuyo, no hace falta declararte un “penas” ni un survivor. A cada cual, por desgracia otra vez, le viene lo suyo. Pero es necesario que busques tu momento incómodo, lo identifiques y veas qué paso a partir de ahí.

NOTA: si lo estás atravesando ahora, quiero que sepas que hay formas que salir y de orientarlo en positivo.

Porque lo necesitaba más.

Todo mi proyecto personal se desmoronó, toda mi vida se paralizó y te diría que yo, por un tiempo, dejé de existir. Y lo que si te puedo garantizar es que la que volvió de aquella experiencia no es ni de lejos parecida a la que había sido. De hecho soy, literalmente otra persona.

Era el año 2016. Empezaba una nueva vida. Siendo absolutamente todo en mí nuevo. Una nueva persona, con un cuerpo nuevo, un estado civil diferente y un corazón roto en mil millones de pedazos por una perdida de la que sé que jamás me recuperaré. Y una situación financiera complicada. Sola, habiendo dejado mi trabajo indefinido meses antes y sin la más remota idea de lo más básico de mis finanzas. No sabía ni cuánto pagaba de hipoteca, ni que eran aquellos impuestos que llegaban de vez en cuando ni qué había que hacer cuando tenía que ir a pasar la ITV del coche. Creo que había pasado un total de 2 noches sola en un hotel en toda mi vida y lo que si recuerdo, a ciencia cierta por el pavor que me daban-dan que nunca había montado sola en avión. Tengo testigos.

Cuando no tienes nada que perder, le pierdes el miedo a todo ¿qué te puede salir peor?

Y con esa creencia, salió.

Salió muy bien.

Salió bien porque no tenía nada que perder pero sobre todo porque me dejé ser. Porque me rodee de personas que me querían y eché (o se fueron ellos solos) a los que no me querían bien. No tiene mérito, no me los podía permitir cerca.

Salió bien porque me entregué. En cuerpo y alma. A los demás. A hacer que, con lo que sé hacer, su vida fuera mejor.

Salió bien porque no fingí estar bien, porque me dediqué a transformar el dolor en lo otro que sentía con la misma intensidad y me aliviaba más: amor.

Me entregué a escribir, a compartir y a reflexionar. Me entregué a dar. Y a hacer bizcochos. Para sanar yo y para ver si había suerte y alguien le venía bien escuchar lo que a mí me estaba aliviando (y si le pillaba cerca, que disfrutara de cómo bordo los bizcochos de zanahoria)

Justo lo mismo que estoy haciendo ahora (no, bizcochos no…) Escribiéndote esto, buscando dentro para entregarte a ti fuera.

¿Qué tienes ahí dentro que te impulsa a la acción?

Hoy sé que cada uno de nosotros tiene algo dentro, muy, muy adentro que le impulsa a la acción.

A mi me movió el “ya no tengo nada más que perder” (y ni me siento orgullosa ni quiero por nada del mundo que tú tengas que pasar por algo así para entender que nadie tiene, en realidad, nada que perder). A otros es una vocación tremenda que lucha por salir. Para otros es el ejemplo y la inspiración que quieren dejar para sus hijos. Otros tiran de legado, de espíritu de contribución. Otros de supervivencia, tanto tiempo huyendo de ellos mismos acaban devorados y anestesiados por un estrés que se acaba convirtiendo en ansiedad que, finalmente, deprime todo su sistema hasta dejarlos completamente cucú.

Otros tiran de ego, y en algún momento del camino, la acaban liando y se acaban quedando solo con lo que más quieren (con ellos).

Da igual. Es un impulso. El tuyo. Yo te puedo contar y entrenar todas las competencias que quieras, desde luego las que te he contado en este blog y más concretamente en este post son ineludibles. Pero ¿sabes qué? Da igual. Da igual que tu cabeza la entienda si tu corazón no lleva ahí.

Lo veo cada día en mis alumnos, en mis clientes, en mis colegas, en profesionales y personas que admiro. Tiran pa´lante los que tienen un motivo muy muy metido ahí adentro esperando a que le abran la puerta para salir con todo.

Hoy te he contado el mío, y de tarea solo te pido que me (te, si te da apuro) lo cuentes tú. Que me cuentes cómo lo conseguiste tú. O mejor dicho, porque esto nunca se acaba que me cuentes cómo lo estás consiguiendo tú.

Y no puedo acabar sin recordarte dos cosas:

  • No, no es suerte.

  • Darte las gracias.

Gracias, gracias de corazón porque sin ti no lo estaría consiguiendo.

Y, ahora dime, ¿cómo lo estás consiguiendo tú?


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