El poder (infravalorado) de la ira.
“Pero no te pongas así, mujer”.
“A veeeer, pero no te enfades…”
“Te voy a contar una cosa, pero a ver cómo te vas a poner. Que nos conocemos…”
“Madre mía, cuando sale esa fiera allerana que llevas dentro…”
Desde que tengo uso de razón oigo estas frases con mucha frecuencia. Te diría que casi tantas como veces me enfado en público.
A mí los límites me salen de la mala leche. Esto no es muy de psicólogo al uso, y probablemente aquí te hable más la Elena persona que la Elena profesional. Pero es así. Los límites me salen de la ira.
Y saber poner límites es condición necesaria para tener una vida mínimamente saludable.
NOTA: Si sientes que aquí tienes dificultades, es imprescindible que leas la Fábula de la Charcutera que te va a encantar.
¿Cuándo uso el poder de la ira a mi favor?
Cuando siento que me están invadiendo, que alguien se está anteponiendo a mi sin importarle la potencial perdida que me puede ocasionar a mi.
Cuando siento que alguien me quiere vacilar… ahí aparece pronta y solicita mi ira. Para ayudarme, para defenderme.
Yo la visualizo como una especie de monstruo que surge del interior de mis intestinos y explota hacia arriba dejándome un calor en la cara y en el cuello que me hacen identificar, claramente, que debo salir a defender el terreno.
Mi capacidad para meterme en líos o dar la cara por alguien en clara situación desigualdad también surge del cabreo.
Me da coraje, me hace sentir que tengo fuerza sobrehumana y que seré capaz de conseguir cambiar el mundo con tanto solo soltar cuatro improperios.
Pero, ojo, que es que también siento que cumplo mis objetivos profesionales y personales desde el cabreo. “Por mis narices que lo consigo. Esto lo entrego yo en tiempo y forma como que me llamo Elena”
Se habla mucho de dejar salir la tristeza como emoción básica y fundamental. Bueno, pues yo hoy vengo a defender con vehemencia la ira, el enfado, el cabreo y todo lo que te haga salir humo por las orejas.
Beneficios de dejar salir la ira que vive en ti (si aprendes a regularla)
Una vez que la sientes, la aceptas y te dejas inundar por lo que tiene que decirte, comienza nuestro trabajo de autorregulación para ver qué tenemos que hacer con la interpretación cognitiva (lo que pensamos, dicho en cristiano) de eso que nos ha provocado semejante reacción.
Que en muchas de las ocasiones en las que me viene a visitar la ira, le hablo y le digo: “…venga fiera, respira hondo, cuenta hasta 10 y déjalo pasar, que esta vez no es para tanto”.
Otra vez no me queda otra que meter el rabo entre las piernas y entender que la mejor respuesta es callarme porque esa batalla no me corresponde lidiarla a mi. O porque, en esta ocasión, la persona ya se ha puesto ella solita en evidencia y caerá por su propio peso sin que yo tenga que despeinarme (porque poco se habla de lo cansadísimo que es enfadarse)
Como ves, hay mucho que aprender en torno al para qué de la ira. Y se habla demasiado poco de ella.
Yo la saco para que no me toquen mucho las narices, la saco como mecanismo de defensa y como mecanismo que me permite alejar a personas con estilos de relacionarse que creo que me pueden poner en peligro. Me sirve para mover el culo cuando creo en alguna causa por la que merece la pena luchar. Me ayuda a mantener mi dignidad en su lugar.
Pero no te pases…
Si me paso, me pone en problemas. Y aquí es dónde tiene que entrar nuestra habilidad para regularnos.
Tan disfuncional es dejar salir toda la ira a chorro como reprimirla de forma sostenida en el tiempo.
Twitter (y, lo que es lo mismo, las tertulias con el vecindario rajando a discreción) están llenas de personas que no se relacionan bien con su ira y van soltando su veneno en lugares que no procede.
Y lo peor. Tu ira tiene un límite. Si no le haces caso, un día sale. Sale en la forma menos bonita, en el momento más inoportuno y ¿adivinas? con las personas que menos lo merecen.
Atiende a tus episodios de ira descontrolada, a esa forma de pitar en el coche de forma desproporcionada, a esa furia incontrolada cuando tus hijos hacen “lo normal”. Atiende y mira ver cuánto tiempo hace que no les prestas atención a los carteles de neón con los que te quiere señalar que por ahí hay algo que no va del todo bien.

Me sale la ira cuando infravaloras tu talento…
Dice mi amiga Paloma Grijota, que cuando me cuenta según cosas, me indigno. A veces también utilizo la indignación cuando alguien se menosprecia y se infravalora (a él mismo o a su talento) delante de mí para que entienda que esa es la reacción que debería surgirle cuando se escucha hablar de ella en esos términos.
Esta modalidad de mi ira probablemente es la que más te toque a ti y la que alguna vez has padecido en algunos de mis textos, de mis formaciones, de mis conferencias y, por descontado, en mis sesiones individuales.
No lo siento, que lo sepas. Me ayuda a ayudarte más.
Ya te he contado cómo me llevo yo con la ira. Te toca.
Hablé de la ira en mi Newsletter el año pasado y (quitando las partes más personales, que esas las dejo solo para suscriptores) me apetecía mucho que tuviera un lugar destacado en el blog. Y ahora al repasarlo, me apetece contar también su cara B. La cantidad de veces que usar la ira ha sido totalmente improductivo y cómo realizar determinados cambios en tu vida hace que aparezca con menos frecuencia. Inscríbete aquí y te llega en nada.

Querida Elena.
«A mi señal, ira y fuego» frase de Maximo Decimo Meridio, (Gladiator, vamos). Y parece poca cosa poder activar la ira en el momento adecuado, con un argumento de peso y con la persona que lo merece (según nuestro parecer).
Saber cuál es el momento de darse esa señal y hasta qué punto el fuego ha de arder es una de las tareas complicadas de cada hora, de cada día, de cada vida.
Nos puede complicar y mucho la existencia un instante de ira desbocada. Es una fuerza sobrehumana la que proporciona ese fuego. Y puede devenir de la empatía (ponerse en lugar del otro nos puede hacer compartir su estado de afectaciones iracunda).
Este caso es el que con más frecuencia me toca gestionar. Y ya uno va conociendo los niveles que es peligroso superar para no herir más de lo que se pretende (no hacer quemaduras) y lo que se pretende es respeto hacia uno mismo e intentar que cada persona con la que te relacionas se dé cuenta de que ha de respetarse también.
Me he extendido, y aún me sigue apasionando el tema. Podría seguir, pero respeto tu tiempo.
Gracias Elena!