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Dime algo bonito

“Dime algo bonito acerca de ti”. Risa nerviosa, carcajada, mirada abajo, expectación para ver cuál va a ser la siguiente pregunta dando por hecho que esa no va a tener que contestarla, “uf”  y “ay” variados…

¿Sabéis cuánto me cuesta que me contesten a esta petición?

Me dicen con mucha frecuencia que eso deberían decirlo otros, que es pretencioso contar nuestras bondades, que puede sonar incluso prepotente y un largo etcétera.

Pero no, me he empeñado en qué las cosas bonitas también las debes decir tú. Y te lo debes decir a ti. Cada día.

En general, todos tenemos una elevada tendencia a la “autocaña”. En todos los aspectos y ámbitos de nuestra vida. Perdemos un montón de energía diaria en conseguir objetivos inalcanzables que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera nos hemos impuesto nosotros. Son objetivos de otros. Objetivos que otros se han empeñado que cumplamos.

Esto nos sumerge en un ciclo de perfección que nos convierte en personas eternamente fracasadas, frustradas, malhumoradas, ansiosas y hasta atormentadas.

Nos recreamos en lo negativo, en las veces que hemos fracasado, en lo que nos queda por conseguir, en el miedo a que me vuelva a pasar, en la constante evitación para que no me vuelva a pasar y en el escape cuando me adentro en territorio desconocido que no controlo.

Porque también vivimos con la absurda intención de tenerlo todo bajo control. Y eso, pesa. Eso es una losa que paraliza cualquier proceso de cambio. Porque los cambios no se controlan. Los cambios se disfrutan, se saborean, se muerden y se pelean.

En general, no nos mimamos. Nos miramos con ojos críticos, dictamos sentencia sobre nosotros mismos con etiquetasdemoledoras como “inútil”, “torpe”, “fracasado”, “desastre”, “eso no es para mi”, “cómo pude pensar que podía conseguirlo”…

Me hace daño oír esto en boca de personas que luchan por su proceso de cambio. Me hace mucho daño. Imagínate a ellos. Imagina lo que te hace a ti que sé que alguna vez te lo has dicho.

Nos lanzamos mensajes negativos que nos dicen que no podremos y que efectivamente nos paralizarán con las consecuencias que imaginas. También se le llama profecía autocumplida (prueba a pensar que te vas a caer de la bici cuando vas montado en ella, a ver qué te pasa… bueno, ¡¡mejor no pruebes!! pero ¿a qué ya me entiendes?)

Y esto lo hacemos en los días de sol, así que imagínate cuando llueve. Cuando atravesamos una situación delicada como es el proceso de búsqueda de empleo y más aún, cuando esta situación se alarga en el tiempo más de lo esperado, nos lanzamos lo que yo llamo “caña de destrucción masiva”.

Y así, durante un tiempo excesivo, nos acostumbramos a hablarnos de forma negativa en el mejor de los casos. Dura, exigente y sumamente injusta en la mayoría de los casos. Y desde esta posición, no podemos avanzar. Así no vamos a llegar muy lejos. Y yo no te voy a consentir que te trates así.

Nos pasamos la vida poniendo límites a los demás, esperando que las personas que nos rodean nos traten con mimo, con cariño, con delicadeza…. ¿Te has parado a pensar cómo te tratas tú a ti mismo?

Y no me da la gana. Necesito que me digas algo bonito. Algo bonito sobre ti.

Necesito que te bajes ese listón imaginario e impuesto de exigencia y perfección. Necesito que te hagas una caricia. Que te mires con ojos de abuela. Necesito que te reconcilies contigo mismo.

Quiero que tomes conciencia de que después de todo y pese a todo, lo estás haciendo bien. Que hay cosas que estás haciendo muy bien. Y que buscarás sin parar la manera de hacerlo lo mejor que tú puedas. Esto es excelencia, está muy bien y ese es el camino pero deja la perfección. No te encierres en ese bucle infinito de frustración.

Necesito que te acostumbres a buscar en ti tus cientos de virtudes y necesito que sepas sacarlas a relucir con naturalidad y contento porque las tienes, porque son tuyas.

Nos han educado para no hablar en exceso de nuestras bondades, quitamos constantemente mérito a los halagos que nos hacen. Di gracias y sonríe la próxima vez que alguien te diga lo guapo y lo guapa que estás hoy. Sin más. No hagas “rebajas de piropos” del tipo “pues no me he hecho nada, estoy como siempre; pues esta camisa es ya muy vieja, etc”. Gracias y sonríe. Y disfruta. Ya.

He visto ojos humedecerse cuando hemos sido capaces de sacar encima de la mesa esas “cosas bonitas”. Son cosas extraordinariamente simples y bonitas.

Qué fácil es empezar a construir desde ese punto. Cuando se bajan esos engañosos pero arraigados listones. Cuando el tono y la forma de las palabras con las que nos describimos cambia. Qué fácil es tirar del hilo en este punto y empezar a construir. Qué fácil es aprovechar eso que te da lo positivo para pasar a la acción desde aquí, desde lo bonito.

Que bonitos son esos ojos y que bonitas son esas sonrisas cuando la mochila empieza a pesar menos. Cuando logras reconciliarte y mirarte con otros ojos.

Vivo de conseguir ver esas sonrisas. Necesito que entres a buscar y te maravilles con las armas que tienes dentro. Necesito que te mueras de ganas por sacarlas a relucir y disfrutar de ellas. Y tú lo necesitas más que el comer. Más incluso que el trabajo que tanto anhelas. Lo necesitas porque ser consciente de tus poderosas y bellas armas junto con muchas horas  de trabajo, mucho método, mucha disciplina y mucho esfuerzo en tu particular aventura serán las que te acerquen a tu deseo.

¿Empezamos hoy mismo el camino? ¿me dices algo bonito sobre ti? O mejor aún ¿te dices a ti mismo algo bonito?

 

 

 

 

 

Este post ha sido publicado originalmente en La Nueva Ruta del Empleo

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