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Algunos jefes buenos

Permitidme el “algunos” pues me da más juego para el título que el “muchos”. Pero lo cierto es que pienso que son muchos los jefes buenos. Muchos son los jefes de los que aprender y con los que crecer día a día.

En “Lo que tus empleados me cuentan de ti” quise empezar con la cara más amarga de las relaciones que se dan entre empleados y jefes dentro de las organizaciones.

Pero ya sabes que yo soy más de dulce y me gusta acabar con buen sabor. Así que aquí vengo a mostrarte la cara más amable y a la que todos debemos querer llegar para que el rendimiento y el talento fluyan a raudales y que las relaciones de poder, superioridad y egos mal gestionados no entorpezcan un rendimiento productivo.

Allá vamos. Fruto de los comentarios y las conversaciones derivados de este post (gracias por hacerme crecer tanto con vuestras aportaciones) y fruto del tiempo en el que pienso (de verdad, que pienso mucho antes de escribir cada post) podemos decir que las piedras angulares de las relaciones entre jefes y empleados son estas:

  • Comunicación.
  • Empatía.
  • Coherencia y honestidad

Volvemos a lo de siempre, a la persona. Mejor aún, a las buenas personas. Volvemos a una visión humanista de la organización y a poner el foco en actitudes y, no tanto, en conocimientos o habilidades.

Y es que los empleados que me hablan bien de sus jefes coinciden en estos aspectos:

  1. Me escucha.

Ni siquiera me dicen que les haga caso o no. Valoran el hecho de ser escuchados. Estar disponible para tus empleados, buscar un momento idóneo para escuchar aquello que tienen que decirte (aunque, a veces, no te guste en exceso) y tratar de dar respuesta en la medida de lo posible a sus planteamientos, suele ser suficiente.

Recuerda que escuchar implica estar callado prestando atención. Y para que esto ocurra no puedo estar pensando en mi contraargumento ni en lo siguiente que voy a decir yo. Recuérdalo.

  1. Es justo.

En el sentido más amplio de la palabra. Sabe reconocer y dar importancia en la medida adecuada. Sabe cuándo apretar un poco más y sabe cuándo dejar aire.

  1. Su gestión emocional es buena.

Esto no me lo dicen así tal cual, pero es la traducción literal de: “no tiene cambios de humor bruscos”, “no se descontrola”, “no grita”, “habitualmente está de buen humor”, “no parece que tenga ningún trastorno de la personalidad como uno que tuve hace tiempo…” (con esta última me reí mucho, te prometí que lo escribiría tal cual 😉 )

  1. Tiene claros tus objetivos y te los hace saber.

Seamos serios, un buen jefe no es aquel que no te exige, aquel que no te pide en la medida de tus posibilidades. Un buen jefe acuerda objetivos contigo y revisa que los cumplas. Si no lo haces en el tiempo que habéis acordado buscáis el motivo. Y si te faltan herramientas para conseguirlas te las facilita. Y si te tiene que dar el toque para que te espabiles, te lo da. Y tú, se lo agradecerás.

  1. Confía en mí. Y yo en él.

¿Verdad que parece que estamos hablando de otra cosa? Pues no, no hace falta llegar a tanto. Sabes que no soy “flowerpower”. Pero una relación profesional no se sostendrá si no hay confianza. Esto no es el País de las Maravillas y mi jefe no va a venir a contarme todas sus estrategias, decisiones y demás intríngulis de su día a día.

Me refiero a que, no se debe traicionar en lo esencial; debe haber una coherencia entre lo que os decís y lo que luego hacéis; no hay que comportarse de una forma interesada en función de un objetivo muy concreto para, luego, si te vi no me acuerdo.

En general, podemos resumir lo dicho diciendo que no sientes su aliento en tu cuello (incluso cuando no está).

  1. Valora mi criterio y tiene en cuenta mi opinión.

Sabe que, como tú eres la persona que está más cerca del producto (o del servicio o del cliente), tú tienes las piezas clave y las herramientas necesarias para ayudarle en su proceso de toma de decisiones estratégicas. Tiene en cuenta la información que le das, te guía para obtener la que necesita, sabe transmitirla y te deja margen para el error.

No impone sus reglas de juego y responde con un “porque sí” a tus peticiones o a tus intentos de negociación o a tus cuestionamientos sobre procesos o procedimientos.

7. Es respetuoso con tu vida personal.

En la medida de sus posibilidades, de las de la organización y de las características de tu puesto de trabajo acuerda contigo medidas que faciliten la conciliación de tu vida personal y profesional. Y, en todo caso, no adopta como norma una cultura presentista, ni fomenta jornadas laborales eternas.

También entiende que somos personas y que venimos cargados con nuestra mochila al trabajo. Que no es algo que podamos dejar en la puerta y rendir como si nada cuando las cosas pintan mal ahí fuera.

8. Refuerza tus logros en público y te corrige en privado.

Esta es una máxima a la que ningún jefe debería renunciar. Generosidad y humildad a raudales como para ceder protagonismo, reforzar méritos, pequeños logros. Discreción y respeto suficientes como para abordar en privado las áreas de mejora.

Para ser un buen jefe, antes tienes que ser un buen profesional, y mucho antes, tienes que ser una buena persona. Esa es la clave del liderazgo y de la gestión de personas y, ya que estamos, de tu vida en general. No dejes nunca de trabajar en tu desarrollo personal para convertirte en un mejor jefe, en un mejor líder, en una mejor persona.

Sólo te he planteado algunas de las cosas que hacen que algunos jefes sean considerados como buenos… ¿Cuándo consideras tú que tienes un buen jefe?

No pensarás que he puesto este título y no te voy a poner una secuencia de mi gran y admirado Jack Nicholson en “Algunos hombres buenos” images

Y,  ya sólo por curiosidad (aunque rara vez doy puntada sin hilo): en tu opinión, el coronel ¿era un buen o un mal jefe? 😉